DRA. SONIA BLASCO

Especial/El Nuevo Herald

''Quién ordenó que el deseado fuego/ fuera, tan pronto de encendido, apagado'', se lamenta el poeta Matthew Arnold ante la evanescencia del enamoramiento.

Sí, poeta, así como tú, muchos otros desconocen que esa pasión ardiente e imperiosa del enamoramiento se transformará en amor maduro y en apego. Y ese notorio viraje que lleva el deseo de la fogosidad a la calma, en algunos provoca desilusión y la confusa creencia de que la pasión se les ha escapado sin siquiera darse cuenta.

El deseo del enamoramiento es espontáneo. ¿Por qué al transformarse en amor maduro nos obliga a inventarlo, a construir la excitación, a practicar estrategias eróticas y estímulos forzados?

El deseo sexual del enamorado/a es una adicción, una necesidad absoluta, imperiosa y constante que se alimenta tanto de la presencia del objeto amado como de su fantasía. Lejos o cerca, la pasión del enamoramiento es una despótica avidez por el goce a compartir. Un instinto primordial.

Ese canto de sirena atrapador, ese goce enamorado, es consumado y concretado una y otra vez. Y el deseo es satisfecho poco a poco y paso a paso. Con la satisfacción, los enamorados van volviéndose sujetos de la realidad, cada vez más íntimamente vinculados con ese otro que ya no es aquel ideal. La realidad se impone, no todo luce espléndido, ni el mundo es ya aquel ardoroso ensueño.

Entonces aparece la segunda etapa de la pasión, con su amor maduro y las delicias del apego. El apego es una fuerza poderosa que nos premia del goce de estar juntos y de compartir nuestra vida.

Las dos etapas de la pasión, el enamoramiento y el apego, están gobernadas por contundentes hormonas, que son específicas para cada etapa y que se adueñan de nosotros sin merced.

El enamoramiento sucede bajo el dominio de aquéllas que exaltan el deseo y llevan a los enamorados a atraerse absolutamente; el apego es provocado por otras hormonas, que aprovechan esa atracción y la convierten en perdurable.

Por eso con el apego aprendemos a compartir y a crecer de a dos. La inquietud incesante y el miedo de perder al otro ahora se han calmado, y el compromiso mutuo siembra el camino de la convivencia. El deseo sexual, ahora complacido y asegurado, entra en calma.

Porque, sabes, el deseo se acompaña de inseguridad, expectativa, anhelo. El deseo se nutre de novedad. En cambio, el amor maduro y el apego proporcionan una confortante sensación de seguridad. Constancia, pertenencia, estabilidad.

Mantener el deseo a fuego vivo es difícil porque la novedad y el descubrimiento se oponen a la vida cotidiana y en común.

Por eso, para mantener tu pasión activa, busca en tu imaginación variación y sorpresa para encandilar al otro. Mejor aún, para encontrar en ti a esa otra persona, nueva. Y sorprenderte.•

(La Dra. Blasco es médico, sexóloga y psicoanalista, y autora de 'Camino al orgasmo' y `Menopausia una etapa vital'.)

dsb@doctorasoniablasco.com

Fuente: www.elnuevoherald.com

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada